Nido de las palabras

Cuento inédito de Cristian Perfumo

Cristian Perfumo, escritor patagónico que ganó el IV Premio Literario Anual de Amazon (2017) y fue finalista del Premio Clarín (2018), comparte relatos inéditos con 100 Pájaros Volando. “Aunque Soledad pesaba poco, no era fácil llevarla muerta en una carretilla”, así comienza “La inusual tumba de Soledad”.
miércoles, 17 de julio de 2019 · 08:10

La inusual tumba de Soledad


Aunque Soledad pesaba poco, no era fácil llevarla muerta en una carretilla. La rueda se trababa contra piedras y matas obligándome a hacer esfuerzos enormes con cada paso que daba hacia el alambrado. Y a pesar de que la madrugada estaba fresca, como casi todas las madrugadas de primavera en la Patagonia, el sudor me chorreaba por las sienes.

Habría sido más fácil meterme por donde entraban los vehículos, pero ahí podía haber algún sereno o incluso cámaras. Demasiado arriesgado. Por eso preferí empujar la carretilla hacia el alambrado por el medio del campo. Y aunque era la opción que me daba mejores probabilidades de pasar desapercibido, tampoco voy a decir que era una forma discreta, porque con cada una de mis embestidas bruscas para destrabar la rueda el mango de la pala golpeaba contra la chapa emitiendo unos campanazos apagados.

Me detuve un segundo para enjugarme la frente. Casi de manera involuntaria, mi mirada bajó hasta posarse sobre el cuerpo inerte y desnudo de Soledad, que parecía brillar con la luna llena. Me pregunté una vez más cómo podía haber terminado todo así de mal y sentí un revoltijo en el estómago que en las últimas horas ya empezaba a resultarme familiar. Si no me calmaba, iba a volver a vomitar. 

Antes de que me invadiera la desesperación, me obligué a cerrar los ojos y evocar un momento feliz. Recordé la ilusión en su cara el día que nos fuimos a vivir juntos a la casita de Epuyén. Y también me vino a la mente lo preciosa y contenta que estaba para nuestro casamiento, un año después. Sonreí y volví a levantar las asas de la carretilla. Una ráfaga helada me golpeó la cara con un olor acre, a mitad de camino entre tierra de bosque y basura podrida. Ya faltaba menos.

No tuve que usar las tenazas para abrirme paso a través del cerco de alambre. Me bastó con descorrer el pestillo de un portón oxidado que, a juzgar por el chillido de las bisagras, no se usaba demasiado. No me extrañó que no cerraran con candado la entrada secundaria a un lugar así.

Volví a pararme a descansar antes de embarcarme en la parte más difícil del plan. Entonces sentí otra vez el dolor punzante en el estómago, como si una mano invisible me golpeara con todas sus fuerzas para intentar impedirme que continuara. Me doblé, apoyando las palmas sobre las rodillas y cerré los ojos una vez más. 

Logré volver a sonreír recordando nuestro primer beso. Hacía cinco años de aquella noche preciosa en El Hoyo, cuando ella aún no era mi Soledad sino una hippie entrañable que se había colado en la fiesta de cumpleaños de mi mejor amigo.

Sacudiéndome los recuerdos, inspiré hondo y levanté la vista. Frente a mí había varios montículos dispuestos en una perfecta cuadrícula, cada uno del tamaño de un camión. Conté trece y empujé la carretilla hasta dejarla al pie del que parecía más reciente. De todos, era el que menos humeaba. 

Ayudándome con la pala, comencé a treparlo. A cada paso mis pies se hundían en una esponja tibia de cáscaras de verduras, ramas de poda, y restos de yerba de incontables mates.

Al llegar arriba miré alrededor. Las otras montañas de compost, idénticas a la que yo acababa de subir, despedían densas nubes de vapor en el frío de la noche. Detrás de ellas, a lo lejos, brillaban las luces de El Hoyo, el pueblo donde Soledad y yo nos habíamos conocido.

La pala penetró en la basura con sorprendente facilidad, emitiendo un sonido casi agradable. El olor que se desprendió de los desechos removidos fue mucho menos intenso del que yo había anticipado. 

A pesar del calor que brotaba a mis pies, sentí un escalofrío. 

No muy lejos, cantó un gallo.

 

***

Dos años antes
 

—Los gallos y las gallinas son fundamentales para nuestro negocio —dijo el viejo acomodándose la boina naranja que llevaba en la cabeza. 

—¿Ayudan a remover el compost, no? —preguntó Soledad.

—Sí, y también mantienen a raya a las alimañas. Les encantan las larvas y los gusanos, así que casi no tenemos moscas. Ni roedores. Poca gente sabe que una gallina se puede tragar un ratón entero.

—¿Y a sus clientes no les da asco que los huevos salgan de ahí? —pregunté, más por curiosidad que por reparo propio.

El viejo, que se llamaba Joaquín, negó con la cabeza.

—¿Asco? —intervino Soledad, indignada—. Asco les tendría que dar comprar huevos en el supermercado, que vienen de gallinas hacinadas en jaulas. Pobrecitas, esas sí que no ven un solo bichito en toda su vida.

—De todos modos, los huevos no son nuestro negocio principal —intercedió don Joaquín—. Somos una productora de compost. Lo de las gallinas es un anexo lindo, porque nos ayudan y nos dan un ingreso extra.

—Además le da un toque pintoresco a este lugar —agregué con la vista puesta en las montañas marrones salpicadas de manchas blancas, rojas, negras y grises que escarbaban y picoteaban. Algunas estaban rodeadas de pequeñas manchitas amarillas que piaban sin parar.

—En la Patagonia me parece que somos los únicos que combinamos compost con gallinas —dijo el viejo—. Es raro, porque son el animal perfecto. Les encanta escarbar.

—¿Pero logran llegar hasta el centro de la pila? —pregunté—. En proporción, es como si una persona quisiera hacer un agujero en un cerro.

Don Joaquín largó una carcajada e inmediatamente levantó las manos para disculparse.

—Por suerte no, no logran llegar al centro. Se cocinarían. A medida que la materia orgánica se descompone, va largando calor. Las pilas de este tamaño pueden llegar a noventa grados en el centro. Las gallinas actúan en la superficie, donde no está tan caliente y el proceso de compostaje no es tan rápido. En el centro no hace falta remover nada.

Soledad y yo nos miramos. Con razón la montaña marrón frente a nosotros despedía un vapor blanquecino de su cima plana.

—Cuando cae la primera nevada es espectacular. Sale tanto humo que parecen volcanes. Y en verano hay que regarlas, porque se pueden prender fuego. 

—A esa temperatura, la materia orgánica se debe descomponer rapidísimo —sugerí.

—Es impresionante. Un día hicimos una prueba con un carnero muerto. ¿Saben cuánto tardó en transformarse en compost?

—¿Seis meses? —arriesgué.

—Dos meses.

—¿Los huesos también? —preguntó Soledad.

—Huesos, cuernos, pelo, dientes, todo. Entra un carnero y sale una tierra igual de negra que la que encontrás en el bosque. Dos meses.

 

***

Con cada palada, me pregunté si nuestra relación había tenido alguna posibilidad terminar de otra manera. Digo, podríamos haber sido una pareja normal de esas que hacen cosas normales. Pero no, con Soledad las cosas nunca eran sencillas. La prueba de ello era que yo ahora cavaba un agujero en una montaña de compost con su cuerpo desnudo esperando abajo en una carretilla. El amor incondicional a veces saca cosas de dentro nuestro que ni siquiera nosotros mismos sabemos que están ahí.

Eso sí, que nadie cometa el error de juzgarme sin entender primero cómo era mi relación con Soledad. Sobre todo durante los últimos meses, que habían sido los más difíciles. Dos infidelidades no las perdona cualquiera, pero yo por Soledad estaba dispuesto a hacerlo, y lo hice. Aunque lo que verdaderamente me partió el corazón fue que en ningún momento hubo ni un ápice de arrepentimiento por su parte. Ni ningún tipo de vergüenza. 

—Mañana no sabemos si vamos a estar, así que mejor vivir hoy todo lo que podamos, ¿no? 

Eso me lo había dicho todavía desnuda, diez minutos después de que el tipo con el que estaba durmiendo en mi cama saliera corriendo. Así de hippie era Soledad.

Clavé la pala a mis pies y me apoyé sobre el mango para descansar un poco. Mientras me secaba el sudor con la manga, pensé en que si no le hubiera perdonado esos affaires, si hubiera podido cortar a tiempo, esta noche habría sido muy diferente. Si me hubiera alejado de Soledad cuando debí hacerlo, ahora estaría en mi casa mirando la tele y no agarrando la pala para seguir haciendo un agujero donde enterrarla entre restos de pan y cáscaras de huevo.

Pero con el diario del lunes siempre es fácil. Lo cierto es que, a pesar de todo, yo decidí perdonarla. En parte porque para mí Soledad era como un imán y me resultaba imposible despegarme de ella. Una obsesión con todas las letras. Sí, obsesión era la palabra, y las obsesiones por amor siempre terminan mal. En nuestro caso, muy mal.

Cavé cada vez más rápido, intentando en vano que la fatiga física me nublara la mente. Pero ni siquiera pude dejar de pensar cuando el dolor de espalda me anunció que si seguía a ese ritmo me iba a partir la columna en dos. Solo me detuve cuando el calor a mis pies se hizo insoportable. 

Bajé del montículo clavando los talones para no resbalar. Al llegar a la carretilla, deslicé mis manos por debajo de las axilas y rodillas heladas de Soledad. 

Pensé que me costaría mucho subirla en brazos, pero la adrenalina me jugó a favor. Ahora que ya no había vuelta atrás, mi cuerpo estaba decidido a terminar de hacer lo que Soledad prácticamente me había obligado a hacer y salir de allí cuanto antes.

Puse el cuerpo desnudo en el centro de la inusual tumba. Luego me agaché y le dí un beso entre los pechos, donde hasta hacía poco había latido su corazón.

Empujé con la pala un poco de los desperdicios, que le taparon por completo los pies. Luego le cubrí las piernas, el pubis y el abdomen. Continué —cada vez más lentamente— hasta que sólo quedó a la vista su cara.

Busqué en mis bolsillos algo que me sirviera para improvisar una mortaja para su rostro. Entonces mis dedos se toparon con el papel suave que había desatado toda esta locura. A la luz brillante de la luna llena, leí una vez más la carta de Soledad. 

Bueno, lo de leerla es una forma de decir, porque ya me la sabía de memoria.

 

***

Blas, mi amor,

Si estás leyendo esto es que estoy muerta. Y si estoy muerta tengo derecho a una última voluntad.

Quiero volver a la tierra. Pero volver de verdad, no en la forma que vuelven casi todos los muertos. Yo quiero ser tierra. 

¿En qué momento los humanos nos olvidamos de que somos animales? Coincidirás conmigo en que es absurdo que entre las opciones legales para deshacerse de un cuerpo no exista la más natural. Volver a la tierra en serio, sin zapatos nuevos, ni ropa limpia, ni caja de madera lustrosa.

Creo que la planta de compostaje que visitamos hace unos años sería ideal. Esa cerca de El Bolsón, regenteada por aquel señor simpático de boina naranja.

Sé que es muy inusual lo que te estoy pidiendo, pero te aseguro que no es una decisión arrebatada. Llevo meses pensándolo e informándome. También sé que para decidirte a ayudarme necesitarás una explicación, un motivo. No te preocupes, que tengo varios.

Empecemos por el gasto innecesario de recursos. ¿Qué sentido tiene ocupar una parcela de tierra para el resto de la eternidad? ¿No sería mejor que hicieran algo productivo con ese cachito? ¿Para qué meterme en un ataúd barnizado, con herrajes carísimos y un forro de tela suave si ya estaré muerta? ¿Y para qué ponerme zapatos nuevos con tanta gente viva y descalza? Incluso si me cremasen desnuda y sin cajón, ¿para qué gastar tantísima energía, cuando la naturaleza lleva millones de años devolviendo los muertos a la Madre Tierra para que la vida pueda continuar? 

Por otra parte, me parece que ya le hacemos bastante daño al planeta mientras estamos vivos como para encima seguir envenenándolo una vez muertos. ¿Sabías que los químicos que les inyectan a los cadáveres antes de enterrarlos son peligrosísimos para quienes los manipulan? Por no hablar de la cremación, que además de emitir cientos de kilos de dióxido de carbono, volatilizaría todos los metales pesados que hay en mi cuerpo. Hasta el novio de Maia, que trabaja en el crematorio de Bariloche, me da la razón en esto.

Por todo esto, te pido que me ayudes. Y también porque nada me haría más feliz. ¿Te acordás cuando hicimos nuestro primer compost en la casa de Epuyén? Ahora, después de cinco años, me resulta normal que todos los restos de poda, las cáscaras de verdura y la caca de nuestras gallinas se conviertan en fertilizante. Pero en aquel momento, cuando apilamos materia orgánica por primera vez, me pareció magia. Nunca te conté que esa primera noche me costó dormirme de la emoción y de la alegría de pensar que afuera, en nuestro jardín, había una pila de deshechos transformándose en algo útil. Quizás esto te parezca demasiado hippie hasta a vos, pero confío en que, aunque no me entiendas, me vas a respetar.

En fin, ¿qué sentido tiene ir en contra de la naturaleza?

El tema legal es bastante complicado, pero no te preocupes que ya lo dejé todo arreglado. El novio de Maia te va a entregar mi cadáver y un certificado de cremación firmado por él mismo. Después, a cualquiera que pregunte le podés mostrar ese papel y decirle que esparciste mis cenizas en el bosque. De todos modos, tampoco es que si te descubren te van a acusar de asesinato, porque todo el mundo sabe que me morí de leucemia en un hospital.

Mi amor, sé que lo que te pido es mucho, pero también sé que lo vas a entender. Después de todo, cuando dijiste «sí, acepto» sabías que no te casabas con una urbanita.

Por favor, Blas. Ni ataúd, ni crematorio. Compost.

Te amo.

Soledad

 

***

Le di un beso a la carta y la puse sobre la cara de mi mujer. 

Dos paladas más y Soledad quedó completamente cubierta. Me aseguré de apilar más de un metro de materia orgánica sobre ella, recordando entre lágrimas lo que había dicho don Joaquín sobre las temperaturas y el carnero.

Cuando terminé, bajé la montaña arrastrando la pala y mi ánimo. A lo lejos, volvió a cantar un gallo.


***

 

Cristian Perfumo escribe thrillers ambientados en la Patagonia, donde se crió. Sus cinco libros totalizan decenas de miles de ejemplares vendidos en todo el mundo y han sido traducidos al inglés y al francés. En 2017 ganó el Premio Literario de Amazon y en 2018 fue finalista del Premio Clarín de Novela. Después de muchos años en en Australia, ahora vive en Barcelona. Podés leer más cuentos de Cristian en https://www.cristianperfumo.com/cuentosineditos.

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